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Susana Valle, hija del fusilado General Juan José Valle, fue recordada por Victorio Pirillo

“El Sindicato de Municipales de Vicente López recordó y rindió homenaje a la luchadora y militante, querida y noble amiga quien dejara en custodia del STMVL la llave de la bóveda donde descansan los restos de su fusilado padre el Gral. Juan José Valle. Tu memoria como la de tu padre vive eternamente en nosotros”, reza el comunicado de prensa emitido por el Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López al celebrarse, el pasado 3 de septiembre, un nuevo aniversario de la muerte de Susana Valle. 

El escrito de la entidad gremial lleva la firma de Victorio Pirillo, Secretario General del sindicato quien cosechó una amistad acompañándola en un acto realizado en la cancha de Atlanta en la década del 80 junto a Luis Zamora (MAS). Esta, meses antes de su muerte visitaba asiduamente al STMVL. Estando en vida, y en agradecimiento por la solidaridad recibida en ese momento tan crítico de su vida como un gesto de amor entregó a Victorio Pirillo las llaves de la bóveda donde descansan los restos de su padre. Años la entidad sindical hizo entrega de esas llaves a los familiares  de Susana Valle que al día de hoy son los que las poseen y guardan. Si bien Susana no murió asesinada, cierto fue que una enfermedad oncológica severa la consumió. “El cáncer no fue la causante de su muerte, ella también fue víctima de la venganza irracional y absurda como así también del odio”.

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Susana Valle Hija única del general peronista Juan José Valle y de Dora Cristina Prieto, nació en Avellaneda en 1936; su vida, su nombre y su muerte están asociadas también a la turbulenta historia de la Argentina del siglo XX. 

La agencia Paco Urondo relata sobre los últimos momentos del Gral Valle y su hija: “Susana,  guardaba en su memoria esa noche, en que le permiten ver a su padre durante unos instantes en el patio gris de la Penitenciaría Nacional. Susanita llora, pero lo ve llegar erguido -entero y sonriente- rodeado por un grupo de Infantería de Marina que llevan puestos cascos de acero y ametralladoras. Los soldados parecen más asustados que el oficial que va a morir en 20 minutos. Se les permite conversar unos minutos en una sala fría, siempre custodiados por los infantes armados. Valle se sienta en una silla y ella se coloca en sus rodillas. En un cuarto contiguo, un enfermero militar tiene preparados dos chalecos de fuerza por si el padre y la hija sufren un shock emocional. Pero no dan muestras de ningún quebranto, son los jóvenes escoltas los que están a punto de desmayarse. Valle le cuenta a Susanita por qué decidió no asilarse en una embajada y sí entregarse: “¿Cómo podría mirar con honor a la cara de las esposas y madres de mis soldados asesinados? Yo no soy un revolucionario de café”. Antes de enfrentar el pelotón renuncia al ejército, pide ser fusilado de civil y rechaza al confesor que le han asignado, Iñaki de Aspiazu, por ser capellán militar. En su lugar, solicita la presencia de monseñor Devoto, el popular obispo de Goya. Llega Devoto, comienza a sollozar emocionado. Valle bromea: “Ustedes son todos unos macaneadores. ¿No están proclamando que la otra vida es mejor?”. Y a su hija, que tiene las mejillas llenas de lágrimas, le dice: “Si vas a llorar, andáte, porque esto no es tan grave como vos suponés; vos te vas a quedar en este mundo y yo ya no voy a tener más problemas”.

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