La estrategia de confrontación que encarna Donald Trump no surge en el vacío ni puede explicarse únicamente en clave electoral. Es, en gran medida, la expresión política de una serie de transformaciones profundas que vienen erosionando la hegemonía unilateral de Estados Unidos en el sistema internacional.
En primer lugar, el ascenso de China dejó de ser un fenómeno estrictamente comercial para convertirse en un proyecto integral de poder. A través de iniciativas como la Franja y la Ruta, del liderazgo tecnológico en áreas clave como las telecomunicaciones, las energías renovables y los vehículos eléctricos, y de una narrativa alternativa en materia de gobernanza global, Beijing redefine las reglas del juego sin recurrir —al menos por ahora— al enfrentamiento militar directo.
En paralelo, la guerra en Ucrania expuso los límites del poder occidental. Un conflicto estancado o una eventual salida negociada que consolide posiciones rusas sería leído, más allá del resultado formal, como la confirmación del fin de la era unipolar inaugurada tras 1991. Rusia, aun con debilidades estructurales, logró instalarse como una potencia disruptiva capaz de desafiar el orden vigente y resistir el peso combinado de sanciones económicas y aislamiento diplomático.
A este escenario se suma una creciente fatiga del multilateralismo liberal. Organismos centrales del orden surgido después de la Segunda Guerra Mundial, como la ONU, la OMC y las instituciones de Bretton Woods, atraviesan una crisis de legitimidad que se profundizó en las últimas dos décadas. En su lugar, emergen bloques y alianzas alternativas —desde los BRICS ampliados hasta diversos esquemas de cooperación Sur-Sur— que impulsan un mundo multipolar, aunque no necesariamente más democrático.
En este contexto, Trump aparece menos como la causa del declive estadounidense que como su síntoma más visible. Su radicalización expresa una ansiedad hegemónica profunda: Estados Unidos sigue siendo una potencia central, pero ya no indiscutida. Trump capitaliza ese malestar para movilizar a una base social que añora un pasado de dominio incontestado, forzar renegociaciones agresivas del poder global bajo la lógica de “América Primero” y confrontar con las élites que, a su juicio, diluyeron la soberanía nacional en estructuras multilaterales.
Este escenario no configura una Tercera Guerra Mundial en el sentido clásico, pero sí una guerra sistémica por el orden. Se trata de un conflicto permanente y multidimensional que se expresa en la disputa económica y tecnológica —con sanciones, desacoplamientos y batallas por las cadenas de suministro—, en la guerra informativa y cultural —con desinformación masiva y erosión de consensos básicos— y en conflictos armados localizados que funcionan como escenarios de una confrontación mayor, desde Ucrania hasta Gaza, pasando por las tensiones en torno a Taiwán.
América Latina, lejos de quedar al margen, se consolida como un espacio estratégico de esta disputa. La región es un campo de batalla económico, un proveedor clave de recursos críticos para la transición energética y un territorio atravesado por dilemas de soberanía. Los países latinoamericanos buscan diversificar alianzas, comerciar con China, mantener vínculos de seguridad con Estados Unidos y explorar nuevas articulaciones con el Sur Global. El desafío es evitar quedar atrapados en la fractura de las grandes potencias y convertir esa posición intermedia en capacidad real de negociación, algo que exige coordinación regional e inteligencia estratégica, dos condiciones que hoy escasean.
En este marco, la comparación entre Trump y Hitler resulta tan tentadora como equivocada. No solo es históricamente inexacta, sino que empobrece el análisis. Hitler emergió de una nación derrotada, humillada y sumida en una crisis económica extrema, con un proyecto totalitario, genocida y expansionista. El trumpismo, en cambio, es una expresión de nacionalismo populista en una potencia en declive relativo, más aislacionista en lo multilateral y agresiva en lo bilateral. Trump tensionó la democracia estadounidense y explotó sus debilidades, pero las instituciones —la justicia, la prensa y el sistema electoral— demostraron una capacidad de resistencia que marca una diferencia sustancial.
Más que un nuevo Hitler, Trump representa la negación violenta de una transición histórica. La era del multilateralismo liberal liderado por Estados Unidos se agota, y lo que emerge no parece ser un mundo multipolar cooperativo, sino un escenario de bloques competidores, con reglas fragmentadas y disputas permanentes por recursos, tecnología e influencia.
El desafío central para el mundo —y en particular para América Latina— es navegar este desorden sin quedar aplastado por el choque entre gigantes. La pregunta no es solo si estamos frente a una nueva Guerra Fría, sino si será posible construir alguna forma de coexistencia competitiva antes de que los costos sistémicos de esta transición se vuelvan irreversibles. El tiempo para responderlo, todo indica, no será largo.

