Reggae, políticas culturales y BAFIM

Una crónica de la Feria de Música se hace cuerpo en incógnitas acerca de la comercialización de los bienes culturales; ¿que nos dejó y que no nos dejó el festival? Por N von Karg especial para zona norte diario.

No es casual que en la revista de presentación del BAFIM, Francisco Cabrera, el Ministro de Desarrollo Económico del Gobierno de la Ciudad por el PRO, considere a las “industrias culturales como un sector estratígico para la Ciudad, en tírminos de `economía creativa`”. Si ayer fue J&B, Branca y Coca Cola, sanguches de miga y conexión entre sillones con vasos varios, justo en camerinos, hoy la macrista y austera sala de prensa del BAFIM consiste en –para regodeo de intelectuales que proponen la elección ‘hasta el hambre, nada’– seis sobrias computadoras, algunas sin conexión a la red. (Visiones varias del tema: no admisión de empresas alcohólicas en promoción: falsa; cuidado del trato acerca de privilegios: falsa; una cuidada austeridad en cultura proveniente de un posicionamiento anti gestiones anteriores o la privatización y control de los sentires: quizás; pero seguirí…)
Satelite Kingston comenzó a minutos de las 17 hs, con multitud calma y tirada en la oscuridad. El sonido promediaba el entusiasmo y la cantante insinuaba una fuerza que no encontraba un correlativo en el temprano público que abonó los $8 correspondientes.
Mientras, el escenario Barracas mostraba a Orozco Barrientos, en plan folk de guitarras electroacústicas con reminiscencias de Silvio Rodriguez, de mate, de austeridad, bizcochitos de grasa y público sentado y calmo, expectante. Entre ambos, 194 stands super privatizados y publicidad que supera el límite visual impuesto por el intendente en funciones.
‘Ya hablí demasiado’, dice el cantautor Pala en plaza central. Solitario y solo cantor cantautor de letras y modismos arjonezcos, quien con antedicha frase cierra un antológico discurso acerca de lo nefasto de la separación del ser humano en los Estados-Naciones. Mientras, el pasillo se llena de fans de Airbag, quienes amuchados esperan que sus ídolos les firmen los discos.
Satelite Kingston termina y la mitad del público del Escenario Sur se dirige a otras latitudes. Los músicos suben y bajan ajenos al accionar de la prensa. No hay, en este mismísimo BAFIM, por ahora, nada que sea ajeno al control. La feria de la música es la feria de las discográficas, “negocio de 5.000 personas en la ciudad de Buenos Aires”, al decir de la gestión.

Orozco Barrientos es ahora, en el escenario cruzando el predio, aplaudido por ovacionante multitud. En el pasillo central, los Airbag han llegado a firmar los autógrafos y no impresionan demasiado. Uno de ellos, el mayor, sonría a las cámaras con vergüenza. El del medio les gana en pose ridícula a los fans. Voy al escenario Sur a presenciar el show de Mil Astillas y coincido en el camino con el ex Mambrú “afroamericano”, quien iba a ver a esa banda, acompañado por mujer de tercera edad (el encuentro trae correlatos de la relación antedicha: Mambrú, banda diseñada en vivo por el mercado, llenó el estadio de River y luego fue desintegrada; media hora de google no me consigue el nombre de antedicho morocho, lo que consiste en el fiel reflejo de esa desintegración).

El quinteto Mil Astillas tiene fuerza. Voz rasposa de cantante y ausencia de vientos le brindan autenticidad a la banda, dentro de un festival de reggae procesado; ayuda a esta sensación de identidad de la banda el que se encuentren menos lookeados que el público en general. (Dejamos para otro día la discusión acerca de la absorción de otras culturas, ridícula si no se respeta la clase social.)

Escenario central: Lo de Palo Pandolfo es hermoso. Público mitad sentado y mitad parado, entre emocionados, ríendose, bailando. Palo con bandoneonista, sobredosis de hippismo y un contagio de buena onda. Se excede del exceso, como un mimo que genera amor y no odio. Tiene un millón de puntos en común con el otro inclasificable solista Fidel Nadal. Ambos pioneros (uno entre cantautores folk, el otro en la escena reggae), ambos referentes caídos en manos de sucesores y antecesores más populosos y “profesionales”, más moldeados y radiales.

En el stand de SADAIC, a unos metros, se proyecta el concierto de Luis Alberto Spinetta en el Salón Blanco de la Casa Rosada, en el cual Alberto Fernandez habla junto al flaco con una petaca (Nota inmediata del A.: lo que parecía una petaca es en realidad un premio; Spinetta dice, elevándolo: “no es un Oscar: ¡es un Nestor!”).

Voy al escenario izquierdista Barracas, en donde Paola Barral hace música fenomenal y es aplaudida por centenares. Se suceden varias canciones en plan chacarera, samba y versión genial de “La colina de la Vida”, de León Gieco. Su voz se escucha fuerte, tambiín desde un mini escenario en la entrada, en donde pasa música un DJ. Éste, ido y accionante, parece no percibir la voz de Barral ni tampoco su festejante existir. El público aprueba su combinación baile epilíptico plus música altisonante plus efecto dopper y lo considera, para revuelco post mortem de Pappo, un artista.

Riddim en escenario Sur. Riddim puro vientos y voz afinada normal, lo opuesto a su antecesor Mil Astillas. Hay una multitud viíndolos. Muchísima gente que la empresa Paty, sagazmente, previó, colocando un gran puesto de hamburguesas a $6, hamburguesa completa a $10 y milanesa a $8. Se produce un pequeño caos porque una multitud derriba una puerta y entran cientos que no ingresaban por demoras en la puerta y por los $8 de la administración privatizadora de cultura macrista. La ilegalidad de los procedentes genera que por vez primera en un festival de música se perciban, ¡reciín despuís de la mitad!, botellas de alcohol y cigarrillos de marihuana. No es exagerado suponer que la puerta gigante abierta produjo que entraran miles de personas, literalmente. Nada le podría haber venido mejor a Riddim y a sus sucesores en el escenario. Es su público.

En la Asociación Argentina de Luthiers, stand 118, el Grupo Bangar hace percusión para decenas de hippies que cubren el pasillo. Vuelvo a la entrada: nuestro epilíptico DJ sigue accionando genial y sagaz. El público mermó lo que íl subió. Su cara ahora posee color.

En el escenario central, Buenos Aires Tango Beat se basa en la fórmula DJ tuneado Bs. As. Siglo XIX más bandoneonista neo hippie. Siguen la línea de la fusión electrónica con buen material. El escenario Sur ya está completo y desborda de gente. Hoy decenas de miles de personas. Llega Fidel Nadal.

El set de Fidel Nadal es una bocanada de aire fresco. No se parece, Fidel, a las bandas que lo precedieron y a la que le seguirá (Nonpalidece). No es prolijo, no tiene voz finita y afinada, voz tranquila. Tiene una visión distinta de lo que es el show en vivo, haciendo que su banda haga un potpourri de sus hits mientras íl canta oculto, y saliendo luego al escenario con el público enloquecido y expectante, y precedido por dos afroamericanos agitando banderas jamaiquinas. Se me ocurre al Mambrú afroamericano muerto de envidia, junto a su madre. El público se cuenta en decenas y decenas y decenas de miles de personas; por lo menos la mitad baila.

Fidel Nadal y Palo Pandolfo son la escala. Seguramente la academia y el vulgo los odien. Seguramente habrá diferencias en los juicios por la sola razón de que no hay juicio. Quizás porque juzgar donde la conmosión o donde la virtud es poner el foco en los fines o en los procedimientos, respectivamente. “Lo que nos sale bien quisiíramos que fuese tenido por muy difícil” diría Nietzsche. “Nota para el origen de ciertos sistemas de moral.”

El Ministro de Desarrollo Económico del Gobierno de la Ciudad por el PRO propuso en el BAFIM la expansión del mercado de música, de $300 millones. La política macrista supone tratar al Estado como a una empresa, y de ahí a cobrar la entrada a las ferias de arte, privatizarlas. Rentabilidad. El Estado administrando según ingresos y egresos. Ahora bien, convertir un bien cultural en comercial o no es prostituírlo y a la vez sentar esa base es destruír la concepción del arte de una persona en retroactividad y pervertir su práctica a futuro. La lógica de buscar rentabilidad en todo sector es peligrosa en el arte, pero criminal en la medicina o en la seguridad.

La discusión arte – mercado se debate por sí sola. La abstracción del símbolo, girando sobre su eje y proyectando al Mundo, le permite ignorar y no supeditarse a políticas, ideologías dominantes y rapiñadas. La estítica vale por sí misma. La complejidad pertenece a su lógica y no a la búsqueda de repercusión.

¿Entonces mover la maquinaria del Estado, buscar inversores y cobrar entrada? No. Entonces aumentar el presupuesto educativo, aplicar becas y no esperar ganancias del arte, porque sería asesinarlo.

Yo, en el sistema de productos, en donde la profesionalización sponsorizada y sponsorizante nivela para abajo, elijo lo que excede. Lo que estalla por forma, por invendible, por conmoción. Elijo a Fidel Nadal y Palo Pandolfo, que se traicionarán día por medio ante su jefe sistema multinacional, pero que están vivos, extremando un gínero, quedando mal por hacer las copias alteradas y no productivas. Elijo a esos dos ridículos.

Lo demás es un hermoso producto.

Fuente: zonanortediario.com.ar