Por Mario Sampaolesi
La ciudad de Milán resulta una opción perfecta para visitar. Y para residir. Ubicada a unos sesenta kilómetros del Lago di Como y próxima a Portofino -dos lugares espectaculares para el descanso- posee un tesoro incalculable: La última cena. Todos aquellos que amamos el arte sabemos que París no sería París si no fuera por su Gioconda. Porque Leonardo, al aplicar sobre el pequeño retrato la técnica del sfumato, sumó a la renovación plástica el misterio de la poesía. Misterio que por misteriosas razones extendió su luminosidad a la ciudad. Para no ser menos, Milán también posee como metrópoli una impronta que la distingue de cualquier otra: ostenta el fresco más importante del arte universal.
Contemplé la gran obra cada vez que mis inquietudes me acercaron a la hermosa ciudad. Siempre confirmé todo lo que desde el primer encuentro intui. Después de admirar La última cena uno no puede dejar de sentir que el rostro compasivo que con pudor oculta su mirada desde el centro del muro termina por convertirse en el verdadero rostro de Cristo. Por supuesto, esta idealización no se corresponde con ninguna evidencia histórica. Tampoco es indicadora de una realidad anatómica. Sin embargo, alcanza un punto más alto y relevante: se convierte en verdad estética. Después de contemplar el mural, uno se retira convencido de que no existe ninguna posibilidad de que el rostro de Cristo sea otro.

Leonardo Da Vinci, Estudio para La última cena (ca. 1494-1495), dibujo preparatorio, Royal Library, Windsor
No obstante, para profundizar sobre esta afirmación y sobre el maestro florentino se hace necesario considerar que Leonardo no sólo ofrendó al mundo la representación de su Salvador, sino que dada la envergadura conceptual de la obra e incluso por la estructura compositiva empleada para su desarrollo estético-, él anticipó con La última cena una sensibilidad que siglos más tarde reaparecería en el impresionismo. Asimismo, el mural manifiesta con claridad renacentista el antecedente de la insubordinación del individuo al Poder de la Iglesia. Obviamente, como cierta crítica de arte adolece de pensamiento analógico, estos aspectos han pasado casi completamente desapercibidos.
Hagamos un poco de historia: el exquisito tañedor de la lira de plata pasa -antes de iniciar la obra- dos años en inmóvil observación mural y en completo silencio. Al igual que Bodhidharma se dedica a contemplar el vacío. En ese lapso, él concibe cuál será el motivo que desarrollará y cómo -mostrándolo a todos-lo ocultará. La escenografía elegida será La última cena, un hecho caro a la Iglesia y que no generará controversias. Evidentemente, la reunión de Jesús con sus discípulos sentados a una mesa compartiendo el pan y el vino ofrecerá el marco perfecto para desplegar una búsqueda estética y conceptual de extraordinaria profundidad. De esa manera, Leonardo -para algunos observadores activo agnóstico- encuentra el tema ideal.
Leonardo comienza a pintar sobre una de las paredes de la iglesia Santa Maria delle Grazie – con el despliegue de una técnica de fresco inventada por él para la ocasión y por completo novedosa-, la obra maestra que enmarcará a aquella que pasará desapercibida. Dos acontecimientos, uno incluido en el otro, serán plasmados. En el primero, Leonardo reproduce los momentos finales de Cristo junto a sus discípulos. El hombre que muy pronto morirá en la cruz comparte con ellos su carne y su sangre en entrega simbólica de su ser y de sus enseñanzas.
En el segundo, Leonardo recorta de esa circunstancia el instante inmediatamente posterior al momento en que Jesús revela ante sus discípulos que, antes del amanecer, uno de ellos lo traicionará. El fundamento del mural es ese instante. Por algo no elige cualquier otro. Al sublimarlo, el maestro pone en evidencia -con inteligente e irónica sensibilidad no sólo la traición de la fe, sino también su fragilidad. Leonardo, al centrar su fresco en el instante del cuestionamiento, eterniza las fracciones impermanentes del tiempo y del ser humano. Aquellas que se presentan como las más vulnerables. Al hacerlo, demuestra que son también las que los constituyen.
Para introducir cierta coloración paradojal-todos sabemos de la rapidez inevitable que demanda la ejecución del fresco-, Leonardo, apoyado en su nueva técnica, demora dos años en ejecutarlo. El arte no es espontáneo, pero debe parecerlo. Mientras tanto, retoca La Gioconda una y otra vez a lo largo de toda su vida. En ese sentido, resulta factible pensar que mucho antes del impresionismo él concebía la profundidad como forma cautiva de lo instantáneo. Siglos después Monet y Renoir entre otros desarrollarán esa intuición capturando lo inmediato. Por el contrario, Leonardo materializará la instantaneidad estructurando la composición hasta el límite. En estos puntos residen algunos de los aspectos más modernos de La última cena.
Como contribución a la Historia de la Pintura, los impresionistas -además de incorporar una mirada renovadora del paisaje se rebelaron contra los principios académicos de la época. Todos ellos trataron de captar el instante y fijarlo sobre la tela con la desmedida ambición de inmortalizarlo.
Por su parte Leonardo, varios siglos antes de la modernidad pictórica, ya había comprendido que el arte contiene la potencia de lo permanente incluso en aquello que se pierde.

