El rock y el mercado como asesino: que parezca un Occidente

El magistral músico y escritor N Von Karg medita sus tribulaciones y siguiendo a Nieztche predice la muerte de un Dios tan alabado como místico; el rock.

Un nacimiento del rock

El Porsche 550 Spydev se incrusta en el poste de luz y su conductor, James Dean, muere, a los 24 años. Dean había muerto de corales y múltiples maneras en la película Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955). Muerto civil, suicidado social y fenecido culturalmente por eutanasias simbólicas, mucho más tarde.

Albert Camus le dedicó 362 páginas de libro a la idea de que el cambio surge por oposición y ruptura y no por evolución (El Hombre Rebelde, 1951) y aquí está Dean rompiíndose el cuello y muriendo en Cholame, California. Su muerte es el nacimiento del rock como cultura orientada a la formación antidoctrinaria juvenil en período pre Estado de Bienestar y con bipolaridad ideológica. Hay miles de mundos posibles y una cierta conciencia social de señoras negras que no abandonan el asiento del colectivo; Martin Luther King en estrados municipales, la inercia de libertades estructuradas del jazz y, por sobre todo, los campos del Sur y el blues que daría nacimiento a nuestro tema objeto de estudio. Confirmamos de paso: todo proviene de un terreno infrecuente del África.

Rebelde sin causa prueba que si no hubiera sido el rock, cualquier otra unión de símbolos hubiera promovido cierto cambio social (quiero decir: una revolución no proviene ni precisa de símbolos ni de antecedentes artísticos sino que los genera) y ese cambio social, el rock como cultura a principios de los 60s, era pedido a gritos por una sociedad en la cual el sistema capitalista entraba en eclosión de valores, en una crisis agravada como siempre por una economía endeble. El papi ya participó en sendas guerras, está sometido por un latifundio que todavía no es tecno y el joven comienza a recibir estímulos. Enumeremos las persuasiones: los poetas y escritores beatnik, Miller y Kerouac a la cabeza, las vanguardias europeas, los filósofos existencialistas, el halo de influencia de Heidegger… todo propiciaba que alguien, debajo del marco de relaciones de la democracia cristiana, debajo del tabú sexual, de la cultura sistímica, sintiese un vacío. Primero fue la primera dícada de “rockeros” con transgresiones del tamaño de una patilla, pastillas anfetamínicas por todas partes y, claramente, una regresión de ciertos avances bluseros. Sólo en un terreno de cierta histeria sexual avanzó el asunto.

Luego el prehippie beatizado va mutando: dosis de canción social, blowin` in the wind, pasar de las anfetaminas a las drogas lisírgicas que se robaban de a centenares de partes en las universidades. En Paris la revuelta estudiantil suma sal, Vietnam reclutando al joven que hace tres lustros consume la caída de los valores de sus padres y abuelos, todos veteranos de guerra, todos lisiados por un país que no le ofrece un sistema de salud, y ahora conscientes del carácter monetario de toda guerra. Ese es el momento. Ahí es donde, subidos al bed in peace y a Woodstock, y recordando un surrealismo ya no socialista pero invadido de íste, los valores sociales, políticos y culturales hacen cierta comunión. Es cierto que había frivolidad, pero más profunda. De los quince minutos de Warhol a los cincuenta centavos de 50 cent hay todo un trecho. De Capote y los cristales de Marilyn a visitar las millonarias mansiones y las estrellas descartables cayendo desde un prozac hay un Universo simbólico. (Y hablo de ellos dos porque fueron, con sus respectivos seguimientos de los Rolling Stones, quienes comenzaron a sacar los acentos para dejar los puntos sobre las ahora inofensivas “i”.)

El rock, como espacio resignificador, es un reflejo. “Antes Pelo, ahora Gente. Antes lucha, ahora circo. Antes, pan; ahora clonazepan”, sintetiza Calamaro. “El rock le grita al mundo y al Poder su verdad. El Poder escucha ese grito, lo graba, saca un CD, organiza una gira, vende un par de remeras, y despuís espera que el rock vuelva a gritar” enumera Capusotto, desde su extrema lucidez. Lo cierto es que cualquier facción anticonsumista desciende, por cercanía, gravedad o placer, al mercado: desde los Sex Pistols naciendo de las tiendas de ropa de Malcolm McClaren hasta los músicos “independientes”, fervorosos defensores de la maquinaria de producción capitalista y enemigos de los sistemas de difusión gratuitos. Sin pretención de juicios morales, nadie escapa de esa lógica: dream is over y Pato trabaja en una carnicería. Y oponerse a valores impuestos de adentro hacia afuera es terriblemente más difícil para quien entiende un papel moneda como el fin único del reparto simbólico (leasí posmodernismo y el sujeto cartesiano-kantista aspirándose el gramo y descubriendo el individualismo). El arco narrativo comienza en “Money (that´s what I want)”, sigue con la queja de Gene Simmons hacia los que caretean antimaterialismo (“los artistas que odien el dinero que lo pongan en una cuenta a mi nombre”) y culmina con los raperos que se endeudan para parecer millonarios, a cuenta de joyas y autos tuneados. Lo que se dice comodidad burguesa; lo contrario del arte, ese juicio sobre el estado de las cosas.

A nivel objetivo, se puede hablar de coherencia en el espacio del rock desde su nacimiento. El cortoplacismo tres minutos del rock “dale”, “just because”, “siempre es hoy”, “hoy es el día” y “no esperes más” maneja la misma lógica “just do it” del consumo keynesianista del cual nació, pero, perdido su eje distribuidor y su enemigo ideológico caído del muro, se desentiende de Estados (globalización) y se convierte al mercado. Just do it. Perder el tiempo como última utopía del investir de sentido: perder lo ya perdido, ningún pájaro volando. Y el rock nunca significando otra cosa que un crisol de slogans publicitarios, cierta demagogia como inercia de vanguardias anteriores y una identificación de un “nosotros” como “cambiar el mundo” contra un “otros” “el mundo” que es significativamente igual… Ardua tarea de antropólogos y sociólogos al final de los sesenta, es hoy el lugar de los contadores y cirujanos.

2. Hoy

Un estudio de toda sociedad, desde la utópica primera Amírica de Tomas Moro, con sus antecedentes del viejo mundo hasta nuestros días, demuestra que la distorsión de los sentires culturales siempre retrasa pero se sostiene. Sin embargo, el desfasaje es notorio. El público consumidor de cultura rock, gran elector de males menores, sigue siendo una minoría; y sus sectores más influidos por su metared de significaciones son de un carácter más ínfimo aún. Para muestra el caso proselitista de la Rolling Stone estadounidense –acaso síntesis del paso del rock al business–, quien apoyó con sendas tapas de propaganda a Al Gore en el año 2000 y a John Kerry en el 2004. Bush, el tecnócrata administrador muy neo Nixon triunfante, ascendía en ambas contiendas, demostrando el ningún cambio de la sociedad post rock. La fase final capitalista definirá si Barack Obama, tapa actual de la Rolling Stone bajo el título “A new hope”, cambiará la racha ante el republicano John McCain o si el mundo seguirá como si el rock significara sólo frivolidad, pasatismo y un par de recitales solidarios y vacíos en los núcleos monetarios.

Las lecturas de Sartre y Mailer le demostraron al Indio Solari, antropólogo de la cultura rock desde el extrañamiento de estas pampas, que una canción no cambia el mundo pero sí la manera de ver el mundo. Mientras, el precio del barril de petróleo llega a un nuevo record, suben los niveles de monóxido de carbono y la ONU es una birome bic que firma los cheques armamentistas de Occidente.

La transgresión del rock, en este momento, es adelantarse a una regulación del ingreso, circulación y consumo de internet por identidades, regalando discos u ofreciíndolos por precios subjetivos y caprichosos del consumidor. Organizar megarecitales para grupos económicos que basan sus apuestas internacionales menos en la ítica y en las escalas armónicas que en la tasa de ganancia más alta. Consumir drogas no ya para ampliar el margen de la conciencia sino para obnubilarla irresponsablemente, frente a la muerte de millones de pobres por enfermedades y hambre de su consecuencia que es causa.

La respuesta que da el rock en su mayoría, negocio reaccionario que contamina de ambición al músico aficionado, es el conservadurismo más extremo. El brazo armado, desde cualquier computador, televisión y disco, se encarga de transmitirlo. Todo muy prolijo, a 16 bits y en sonido 5.1.

Mientras tanto, el Porsche 550 Spydev se incrusta en el poste de luz y su conductor, James Dean, muere, a los 24 años. El actor fenece y una ola de confusión mezcla política, cultura y cambio social. El automóvil, sobreviviente al artista, se regodea: sobrevive como producto, como sistema y como victimario.

Fuente: zonanortediario.com.ar