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lunes, enero 30, 2023
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Mueran los salvajes asquerosos inmundos unitarios

Que nadie deduzca de esto que predicamos una especie de populismo; es todo lo contrario. El populismo es un hijo de viejos, el lamentable vástago de los últimos realistas; es otro modo más de lavarse las manos. J. P. Sartre

El odio no es algo nuevo en nuestro país. Vivimos bajo su aura oscura desde siempre.Es un odio visceral: va más allá de las épocas y de los seres. Los velos hipócritas del rencor de los que se disfrazan de santos caen delante de todos. Nos embarra el pegamento de su envidia viscosa. No obstante, si uno pasea por alguna de las grandes avenidas de Buenos Aires amparado por el solcito inolvidable de abril todavía puede disfrutar de la frescura de los enormes plátanos, del aire entretejido por las luces y por las sombras. Incluso, para obtener un placer aún mayor del día, uno puede dedicarse a admirar los edificios de estilo parisino o tal vez detenerse para aspirar la fragancia de los rosales. O en su defecto nutrirse con el recuerdo celeste de los jacarandaes en primavera. Así, el paisaje ciudadano induciría a suponer que no existe una Argentina doliente. Innominada.

Sin embargo, existe. En ella los cantos de sirenas duran más. En ella quienes gobiernan apostrofan sobre la realidad con sus deditos índices levantados todas las mañanas. Los nombres de las calles los honran; bustos monumentales los representan. Para congraciarse con los habitantes de la desolación prometen dinero en el bolsillo y heladeras repletas. Nosotros, los anónimos, mostramos nuestra carne desgarrada por las dentelladas del olvido. Para ocultarlo pululantes Mefistos aúllan nuevos relatos del Paraíso. Porque nosotros, los caídos, necesitamos creer. Para quedarnos caídos. Dicen que en un basural, de la nada emergió un enorme caballo de Troya construido con maderas, latas, bolsos sin dólares, cubiertas de autos, botellas de plástico, discursos, decretos sin necesidad ni urgencia, rabia. Dicen que adentro rebuzna la barriga repleta de la clase gobernante. Dicen que cada vez que la puerta trampa se abre, su vómito derrama sobre la tierra el virus de los inmundos, de los asquerosos salvajes unidos por la infamia.
Dicen también que sin belleza no hay libertad.

La peste llega en oleadas hasta nosotros. Esa es la verdadera epidemia; la plaga que no muere. La plaga que nos sobrevivirá.
¡Qué caiga sobre ellos furibundo el enorme hachazo de la ignominia! ¿Quién soy yo para perdonarlos?

La noche se derrumba, sus sombras se deshacen demolidas sobre estas palabras absurdas que no sirven para nada. Porque no son importantes. Estas palabras no importan. Porque son palabras que perdieron el amor. Son palabras que pronuncian la desdicha y el odio. Las palabras del odio no merecen ser escuchadas. No serán escuchadas. Jamás deben serlo.

Pero hoy no tengo otras.

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